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Christchurch Miami
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Apologética

Cristo Es Rey. La Libertad No Está Garantizada.

Un pastor y capellán militar escribe sobre el precio de la libertad, las consecuencias del silencio, y la responsabilidad de la ciudadanía cristiana.

James Drake jueves, 5 de noviembre de 2026 20 min de lectura
Cristo Es Rey. La Libertad No Está Garantizada.

Un pastor y capellán militar escribe sobre el precio de la libertad, las consecuencias del silencio, y la responsabilidad de la ciudadanía cristiana.

Hay cosas que uno ve diferente después de servir en una zona de combate. La libertad es una de ellas.

Como capellán del Ejército de los Estados Unidos, sirviendo junto a las Fuerzas Especiales, he ministrado en lugares donde el peligro no era una hipótesis. Donde la amenaza de fuego enemigo era real. Donde hombres y mujeres que sirven a nuestra nación entendían que el sacrificio era mucho más que un eslogan patriótico.

En esos ambientes uno desarrolla un aprecio distinto por cosas que disfrutamos tan a la ligera en casa. La libertad de adorar. La libertad de hablar. La libertad de criar a nuestros hijos conforme a nuestras convicciones. La libertad de abrir la Biblia, de reunirnos en nuestras iglesias y de proclamar el nombre de Jesucristo sin temor a la cárcel. Estas libertades son extraordinarias. Y no están garantizadas.

Escribo esto no solo como pastor, sino como soldado, esposo, padre, y como estadounidense que ha servido en zonas de combate junto a personas dispuestas a poner su vida en la línea. Pero, más importante aún, escribo como seguidor de Jesucristo. Porque mi mayor lealtad no es a los Estados Unidos de América. Mi mayor lealtad es al Rey de reyes y Señor de señores. Y esa lealtad moldea todo lo demás.

Cristo Es Rey. En Todas Partes.

Cristo es Rey en las iglesias clandestinas de China, donde los creyentes adoran bajo la vigilancia y la presión de un gobierno autoritario. Cristo fue Rey en los gulags soviéticos, donde los creyentes sufrieron cárcel y persecución antes que renunciar a su fe. Cristo es Rey entre los cristianos de Nigeria que enfrentan violencia, desplazamiento y la destrucción de sus comunidades. Y Cristo es Rey en los Estados Unidos de América, sin importar quién ocupe la Casa Blanca, controle el Congreso, o incline la balanza de poder en nuestros tribunales.

Su autoridad no la determinan las elecciones. Su trono no lo puede derrocar ningún gobierno. Su reino no depende de la supervivencia de ninguna nación. Jesús declaró: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). No parte de la autoridad. Toda la autoridad. Ahí es donde empezamos. No con republicanos ni demócratas. No con movimientos conservadores ni progresistas. No con personalidades políticas ni resultados electorales. Empezamos con Jesucristo: crucificado, resucitado, reinando y por volver.

Pero hay algo que tenemos que entender: el evangelio es más grande que la política. Pero el señorío de Jesucristo tiene consecuencias en cada área de la vida, incluyendo la política. Y cuando los cristianos olvidamos esa distinción, las consecuencias pueden ser devastadoras.

Las Elecciones Fueron una Llamada de Atención

Las elecciones de mitad de período del 3 de noviembre de 2026 trajeron un cambio político dramático. Los demócratas se quedaron con el control de ambas cámaras del Congreso. Supuestos políticos de larga data se vinieron abajo. Estados y distritos que muchos daban por seguramente conservadores se movieron en direcciones inesperadas. Estos resultados influirán en la legislación, el gasto federal, los nombramientos judiciales y ejecutivos, las investigaciones, y el rumbo de las políticas públicas por años.

Para los cristianos que creemos en la santidad de la vida humana, en el diseño de Dios para el matrimonio y la sexualidad, en la responsabilidad de los padres, y en la protección de la libertad religiosa, estas no son preocupaciones menores. Pero antes de culpar a la cultura, a los candidatos, o a los partidos políticos, quizás debamos hacernos una pregunta más difícil.

¿Qué responsabilidad tenemos nosotros por la condición espiritual y moral de la nación en la que Dios nos ha puesto?

No podemos concluir honestamente, solo por los resultados electorales, que los cristianos se quedaron en casa o que su ausencia decidió el resultado. Las elecciones las moldean muchos factores: la economía, el liderazgo nacional, la guerra, la confianza pública. Pero sí podemos preguntarnos si demasiados creyentes han compartimentado su fe, tratando la convicción bíblica como algo que pertenece a la iglesia el domingo pero que tiene poca relevancia para las decisiones del resto de la semana. Podemos preguntarnos si la decepción política nos ha llevado al cinismo. Si nuestra frustración con candidatos imperfectos se ha convertido en excusa para la indiferencia. Si hemos confundido estar por encima de la política partidista con estar ausentes de la responsabilidad pública. Y si las libertades por las que generaciones enteras se sacrificaron se nos han vuelto tan familiares que ya no reconocemos su valor.

Hay una diferencia entre negarnos a adorar la política y negarnos a participar en la vida pública. Nunca debemos poner nuestra esperanza en la política. Pero tampoco debemos usar nuestra esperanza en el cielo como excusa para descuidar nuestras responsabilidades en la tierra.

La Mayor Parte de la Historia Humana No Se Ha Parecido a Estados Unidos

Uno de los grandes peligros de la prosperidad es que hace que lo extraordinario parezca ordinario. Nos despertamos en una nación donde podemos criticar a nuestros líderes, elegir a nuestros representantes, reunirnos en nuestras iglesias, publicar nuestras convicciones, y enseñarles las Escrituras a nuestros hijos.

Nos quejamos de nuestro gobierno abiertamente. Disentimos sin temor, por lo general, a terminar presos. Tenemos oportunidades que miles de millones de personas a través de la historia jamás pudieron imaginar. Y muchas veces las damos por sentadas. Durante gran parte de la historia humana, la gente común tuvo poca o ninguna influencia sobre quienes la gobernaban.

Los reyes gobernaban por la fuerza. Los imperios conquistaban con violencia. La esclavitud estaba incrustada en las economías. La disidencia religiosa se castigaba. Los poderosos explotaban a los vulnerables sin ningún reparo. Por supuesto, la opresión nunca se ha limitado a una sola civilización o ideología. Hasta sociedades que decían honrar a Dios cometieron injusticias terribles.

Pero la historia nos recuerda que la libertad humana es frágil. Hay que protegerla con convicciones, leyes, instituciones, y personas dispuestas a defender la dignidad del prójimo. Y el cristianismo trajo una verdad revolucionaria al mundo antiguo: todo ser humano tiene dignidad porque todo ser humano lleva la imagen de Dios. No solo el poderoso. No solo el rico. No solo el ciudadano o el gobernante.

Cada persona.

El niño en el vientre. La viuda. El huérfano. El pobre. El inmigrante. El forastero. El preso. Hasta el enemigo. Jesús entró a un mundo organizado alrededor del poder y enseñó que la grandeza se expresa sirviendo. Recibió a los niños, honró a los marginados, tocó al impuro, y les mandó a sus seguidores que amaran a sus enemigos. Él no vino simplemente a presentar una mejor filosofía política. Vino a rescatar pecadores y a establecer un reino que nunca tendrá fin. Y a medida que su evangelio se fue extendiendo, comenzó a transformar la manera en que la gente entendía la dignidad humana, la responsabilidad, la justicia y la misericordia.

Cuando Cristo Moldea una Cultura, la Gente Florece

Pensemos en la iglesia primitiva. En el mundo romano, se podían abandonar a los bebés no deseados. Los cristianos se fueron distinguiendo cada vez más por cuidar a los niños vulnerables, a las viudas, a los enfermos y a los pobres. Durante épocas de enfermedades devastadoras, los cristianos se hicieron conocidos por cuidar a los que sufrían, a veces arriesgando su propia vida. Esa compasión ayudó a establecer tradiciones de atención caritativa organizada que después influirían en el desarrollo de hospitales y otras instituciones de misericordia. ¿Por qué? Porque creían que las enseñanzas de Jesús no eran simples ideas para discutir. Eran verdades para vivir.

Siglos después, William Wilberforce llevó sus convicciones cristianas al Parlamento británico. Durante décadas peleó contra el comercio de esclavos a pesar de una oposición política, social y económica enorme. Su liderazgo, junto al de muchos otros abolicionistas, ayudó a lograr la abolición del comercio de esclavos británico en 1807. La campaña contra la esclavitud misma continuó, dando lugar a la Ley de Abolición de la Esclavitud de 1833 y, más adelante, a la emancipación completa en buena parte del Imperio Británico.

Imagínense si Wilberforce hubiera concluido que la política era demasiado corrupta para un cristiano. Imagínense si hubiera decidido que su responsabilidad terminaba con la devoción personal y el culto del domingo. Su fe no lo alejó de la responsabilidad pública. Lo empujó hacia ella.

Pensemos en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. El reverendo doctor Martin Luther King Jr. se apoyó en convicciones bíblicas sobre la justicia y la dignidad humana para desafiar la injusticia racial de su generación. Escribiendo desde una cárcel en Birmingham, declaró: “La injusticia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes.” Él entendía que la fidelidad requería más que creencia privada. Requería valentía, sacrificio, y la disposición de confrontar la injusticia.

También tenemos que reconocer los fracasos de cristianos que defendieron la esclavitud, la segregación y la opresión. Esos fracasos nos recuerdan que ponerle el nombre de Cristo a una cultura no la hace justa. La medida verdadera es si nuestras vidas e instituciones realmente reflejan su verdad. La lección de la historia no es que las naciones cristianas hayan sido perfectas. Para nada. La lección es que cuando las convicciones bíblicas de verdad transforman los corazones y la responsabilidad pública, pueden contribuir poderosamente al florecimiento humano.

Los niños quedan protegidos. Los vulnerables son defendidos. La caridad se convierte en una obligación moral. La justicia le hace frente al poder. La dignidad humana se reconoce más allá de la riqueza, la raza, la nacionalidad y el estatus. El evangelio transforma a las personas. Y las personas transformadas pueden cambiar el mundo.

La Historia También Muestra Qué Pasa Cuando el Mal Queda Sin Enfrentar

El siglo veinte debió haber destruido la ilusión de que la civilización humana avanza inevitablemente hacia el bien. La Alemania nazi demostró qué tan rápido una sociedad moderna y educada podía caer en una maldad inimaginable. La Unión Soviética demostró la brutalidad de un sistema totalitario decidido a subordinar la creencia religiosa, la conciencia individual, y la libertad humana al poder del Estado. Otros regímenes autoritarios también han buscado silenciar la disidencia, aplastar a las comunidades religiosas, y controlar hasta los aspectos más básicos de la vida humana. Y esas realidades no han desaparecido.

Hoy, cristianos y miembros de otras comunidades religiosas alrededor del mundo siguen enfrentando intimidación, cárcel, violencia y persecución. El contraste debería humillarnos. Mientras debatimos si nuestra participación en la vida pública importa, millones de personas alrededor del mundo darían lo que fuera por tener las libertades que nosotros tenemos.

Dietrich Bonhoeffer entendió el peligro de una iglesia que se queda cómoda mientras la injusticia avanza. En la Alemania nazi, retó a la iglesia a considerar su responsabilidad, no solo de cuidar a las víctimas de la injusticia, sino, cuando hiciera falta, de meterle “un palo a la rueda” de la maquinaria que la producía. Bonhoeffer terminó pagando su resistencia con la vida.

Ahora bien, nuestras circunstancias en Estados Unidos no son las de la Alemania nazi. Jamás debemos hacer comparaciones descuidadas ni equiparar el desacuerdo político normal con la persecución totalitaria. Pero el principio de fondo se mantiene: el mal no necesita la aprobación de cada persona buena. A veces avanza porque demasiada gente buena se niega a confrontarlo. Y como cristianos, debemos recordar que no estamos llamados solamente a condenar el mal, sino a vencer el mal con el bien (Romanos 12:21). Eso requiere valentía. Requiere convicción. Y a veces requiere involucrarnos en lugares donde preferiríamos no meternos.

He Visto Lo Que Cuesta la Libertad

Aquí es donde el asunto se vuelve profundamente personal para mí. He tenido el privilegio de servir como capellán militar junto a algunos estadounidenses extraordinarios. Hombres y mujeres que entienden el deber. Que entienden el sacrificio. Que saben que las libertades que disfrutamos no son simples palabras escritas en un papel. Representan ideales que generaciones enteras han defendido a un costo enorme. Servir en un ambiente de combate ha moldeado la manera en que pienso sobre esas libertades. Cuando has ministrado en lugares donde la amenaza de muerte es real, se vuelve difícil regresar a casa y tratar la libertad como algo barato.

Como capellán, mi primera responsabilidad es espiritual: ministrar almas, predicar la Palabra de Dios, ofrecer oración, y señalar a las personas hacia la esperanza que se encuentra en Jesucristo. Esa misión no cambia en una zona de combate. Pero el ambiente hace imposible ignorar ciertas verdades. La vida es preciosa. El mañana no está garantizado. Y lo que hacemos con las responsabilidades que se nos han confiado, importa. Pienso en las familias que han enterrado a sus seres queridos. En los niños que crecieron sin un padre o una madre. En los matrimonios y los futuros que el servicio militar y el sacrificio alteraron para siempre. Y luego pienso en lo casualmente que a veces tratamos los privilegios que esos sacrificios ayudan a preservar.

Por favor, entiéndanme bien: no estoy diciendo que el servicio militar haga que las opiniones políticas de alguien valgan más que las de otro. Y mucho menos estoy diciendo que el ejército de Estados Unidos represente el reino de Dios. No lo representa. Lo que digo es que servir me ha dado un aprecio profundamente personal por el costo de la libertad. Y como pastor, reconozco que la libertad conlleva una responsabilidad moral.

Qué tragedia sería heredar libertades compradas a un costo tan alto, solo para desperdiciar sus beneficios por indiferencia, comodidad, o por no administrarlas con sabiduría.

Quiero que mis hijos, y algún día mis nietos, hereden una nación donde puedan adorar libremente, hablar con la verdad, criar familias, y seguir a Jesucristo conforme a sus convicciones. No porque Estados Unidos sea mi hogar definitivo. Sino porque este es el hogar terrenal que Dios me ha confiado para esta temporada. Y tengo la responsabilidad de buscar su bien.

La Ciudadanía Bíblica No Es Idolatría Política

Algunos cristianos, con razón, se resisten a participar en la política porque han visto cómo esta se convierte en un ídolo. Y tienen razón en preocuparse. La idolatría política es real. Ocurre cuando tratamos a un candidato como salvador, cuando le perdonamos el pecado a alguien porque pertenece a nuestro partido preferido, o cuando dejamos que la lealtad política pese más que la fidelidad bíblica. Ocurre cuando nos apasiona más ganar discusiones que ganar personas para Cristo. O cuando nuestra identidad política se nota más que nuestra identidad cristiana. La iglesia debe resistir estas tentaciones. Pero la solución a la idolatría política no es la apatía política.

La solución es una lealtad bien ordenada. Las Escrituras nos enseñan que nuestra ciudadanía está en el cielo (Filipenses 3:20). Pero también nos instruyen a buscar el bienestar de los lugares donde Dios nos ha puesto (Jeremías 29:7). Se nos manda orar por las autoridades (1 Timoteo 2:1-4). Se nos instruye a practicar la justicia, amar la misericordia, y caminar humildemente con Dios (Miqueas 6:8). Y el propio apóstol Pablo usó las protecciones legales de su ciudadanía romana cuando eso servía a la justicia y a su ministerio (Hechos 16:37-39; 22:25-29). Pablo no confundió a Roma con el reino de Dios. Pero tampoco consideró irrelevante su ciudadanía terrenal. Nuestra ciudadanía celestial debería moldear cómo ejercemos nuestra ciudadanía terrenal, no excusarnos de ella. Eso incluye cómo nos acercamos a las elecciones.

Siempre les digo a las personas que un voto no es una tarjeta de San Valentín. No estás declarando un amor incondicional por un candidato. Estás haciendo un juicio entre alternativas imperfectas, considerando las responsabilidades del cargo, el carácter y la capacidad de quienes lo buscan, y las consecuencias probables para tu prójimo y tu comunidad. Ese juicio debe guiarse por las Escrituras, informarse con los hechos, y ejercerse con humildad. Los cristianos a veces podemos no estar de acuerdo sobre la mejor manera de aplicar principios bíblicos compartidos a decisiones políticas complejas. Pero esos desacuerdos no nos liberan a ninguno de la responsabilidad de pensar con cuidado, actuar a conciencia, y considerar el bien del prójimo. Y no participar no nos exime de las consecuencias de las decisiones que se toman sin nosotros.

Al Que Mucho Se Le Dio, Mucho Se Le Exigirá

Jesús dijo: “A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho” (Lucas 12:48). Piensen en lo que se les ha confiado a los cristianos estadounidenses. Tenemos una libertad extraordinaria para adorar y proclamar el evangelio. Tenemos acceso a educación, tecnología, recursos económicos, plataformas de comunicación, y oportunidades de participación cívica que generaciones anteriores apenas pudieron imaginar. Podemos predicar en iglesias. Publicar en internet. Comenzar ministerios. Apoyar misioneros. Servir a nuestras comunidades. Postularnos a cargos públicos. Hablarles a nuestros representantes electos. Organizar esfuerzos caritativos. Y votar, ayudando a determinar el rumbo de nuestras comunidades y de nuestro país.

Esto no es poca cosa. Son privilegios que vienen acompañados de responsabilidad. Y la ciudadanía bíblica tiene que significar mucho más que aparecer en un centro de votación. Significa criar hijos que conozcan la verdad y amen a su prójimo. Significa defender la dignidad de todo ser humano. Significa cuidar al pobre, recibir al forastero, abogar por el vulnerable, y hacer que nuestros líderes rindan cuentas. Significa tratar a quienes piensan diferente como prójimos a quienes amar, no como enemigos a quienes destruir. Significa defender la libertad de conciencia y la libertad religiosa, incluso para los que no comparten nuestra fe. Significa estar dispuestos a hablar cuando el silencio sería más cómodo. Significa negarnos a cambiar la convicción bíblica por aceptación cultural o influencia política. Y significa participar con responsabilidad en las oportunidades cívicas que se nos han confiado. No estamos llamados a cristianizar al mundo a través del poder político. Estamos llamados a representar fielmente a Cristo en cada esfera de la vida, incluyendo la plaza pública.

El Arma Más Grande de la Iglesia Sigue Siendo el Evangelio

Déjenme ser bien claro. No me hice pastor para construir un movimiento político. No entré al capellanato militar para impulsar la agenda de un partido. Y no creo que la mayor esperanza para Estados Unidos se encuentre en Washington, D.C. La mayor esperanza para Estados Unidos es la misma esperanza que toda nación, toda comunidad y todo ser humano necesita desesperadamente. Jesucristo. El evangelio nos dice que el problema más profundo de la humanidad no es simplemente un mal liderazgo, leyes injustas, o sistemas políticos quebrados. Nuestro problema más profundo es el pecado. Nos hemos rebelado contra el Dios que nos creó. Hemos cambiado su verdad por nuestros propios deseos. Hemos fallado en amarlo a Él y amarnos los unos a los otros como deberíamos.

Y ningún gobierno puede arreglar el corazón humano. Ninguna elección puede quitarnos la culpa. Ninguna mayoría política puede reconciliar a los pecadores con un Dios santo. Pero Jesús sí puede. Él vivió la vida justa que nosotros nunca pudimos vivir. Murió en la cruz, cargando el juicio que nuestros pecados merecían. Resucitó victorioso de entre los muertos. Y ahora ofrece perdón, reconciliación con Dios, y vida eterna a todo el que se arrepienta y confíe en Él.

Ese es el mensaje que con gusto llevaría a cualquier zona de combate, a cualquier país, a cualquier iglesia, y a cualquier comunidad. Es el mensaje por el cual vale la pena vivir. Y, si hace falta, por el cual vale la pena morir. El evangelio no necesita el permiso de ningún gobierno para cumplir los propósitos de Dios. La iglesia ya ha florecido bajo persecución antes. Y si la persecución llegara de nuevo, Cristo no abandonará a su pueblo. Pero que Dios pueda sostener a su iglesia bajo la opresión no significa que debamos ser indiferentes ante la opresión. Que el evangelio pueda avanzar sin libertad religiosa no significa que la libertad religiosa no importe. Y que nuestro hogar definitivo sea el cielo no significa que debamos descuidar a las personas y las responsabilidades que Dios ha puesto delante de nosotros en la tierra. Dios no necesita un Estados Unidos libre para salvar pecadores. Pero eso no nos da permiso para desperdiciar la libertad que Él nos ha confiado.

Entonces, ¿Hacia Dónde Vamos de Aquí?

Empezamos donde siempre debemos empezar. De rodillas. No en pánico. No en amargura. No en desesperación. Sino en arrepentimiento, oración, y un compromiso renovado con Cristo. Nos arrepentimos donde hemos confundido la lealtad partidista con la fidelidad bíblica. Nos arrepentimos donde el miedo ha silenciado nuestras convicciones. Nos arrepentimos donde la comodidad nos ha vuelto indiferentes. Y nos arrepentimos donde nuestras pasiones políticas han eclipsado nuestro amor por las personas que desesperadamente necesitan a Jesús.

Luego nos levantamos y servimos con fidelidad. Proclamamos el evangelio. Hacemos discípulos. Fortalecemos a las familias. Criamos hijos firmes en la verdad. Cuidamos al vulnerable. Defendemos la libertad religiosa. Oramos por nuestros líderes, incluyendo aquellos con quienes no estamos de acuerdo. Participamos a conciencia en la vida cívica de nuestras comunidades. Y nos mantenemos fieles sin importar si ganan o pierden nuestros candidatos preferidos. Porque nuestra misión nunca ha dependido de una elección. Nuestra esperanza nunca ha descansado en una mayoría política. Y nuestro Rey jamás ha entregado su trono.

Cristo Es Rey. Y Nuestro Trabajo No Ha Terminado.

He visto suficiente del mundo para saber que la libertad es preciosa. He servido junto a personas dispuestas a sacrificar su vida al servicio de nuestro país. También he dedicado mi ministerio a proclamar a un Salvador que entregó su vida voluntariamente por la salvación del mundo. Esas dos realidades no son iguales. Y nunca debemos confundirlas. Una me recuerda el costo de la libertad terrenal. La otra me recuerda el costo infinitamente mayor de nuestra redención eterna. Mi gratitud por la primera siempre debe quedar subordinada a mi adoración por Aquel que logró la segunda. Pero ambas profundizan mi sentido de responsabilidad.

Como pastor, quiero ver a las personas reconciliadas con Dios a través de Jesucristo. Como capellán, quiero ministrar fielmente a quienes sirven y se sacrifican. Como padre, quiero dejarles a mis hijos un legado de convicción, valentía, humildad y fe. Y como ciudadano estadounidense, quiero administrar bien las libertades extraordinarias que Dios le ha confiado a nuestra generación. Un día, todas las naciones dejarán de existir. Todo presidente dejará su cargo. Todo partido político se desvanecerá en la historia. Todo reino terrenal se rendirá ante la autoridad del Rey de reyes. Y Jesucristo reinará para siempre. Hasta entonces, tenemos trabajo que hacer.

Prediquen a Cristo con valentía. Amen a su prójimo profundamente. Defiendan al vulnerable con valor. Participen en su comunidad con fidelidad. Administren su libertad con responsabilidad.

No dejen que la decepción política se convierta en derrota espiritual. No dejen que la frustración legítima se convierta en indiferencia. Y no confundan la certeza de la victoria final de Cristo con un permiso para abandonar las responsabilidades que Él nos ha dado hoy. Seamos tan celestiales en nuestra mentalidad que hagamos un bien terrenal profundo. No por el triunfo de un partido político. No por preservar nuestra comodidad personal. No porque Estados Unidos sea el reino de Dios. Sino por el bien de nuestro prójimo, por el florecimiento de las generaciones venideras, por la fidelidad de la iglesia de Cristo, y por la gloria de Aquel que un día hará todas las cosas nuevas.

Cristo es Rey. La libertad no está garantizada. Y la fidelidad no es opcional. Que nunca olvidemos la diferencia.

Soli Deo Gloria 🇺🇸


James Drake es el Pastor Principal de Christchurch Miami y capellán del Ejército de los Estados Unidos, habiendo servido junto a las Fuerzas Especiales en zonas de combate. Escribe desde sus convicciones como pastor, esposo, padre y seguidor de Jesucristo. Las opiniones expresadas son personales y no representan al Departamento de Defensa ni al Ejército de los Estados Unidos.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa que Cristo es Rey?
Jesús dijo: "Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra" (Mateo 28:18). No parte de la autoridad. Toda. Su trono no depende de elecciones, gobiernos, ni de la supervivencia de ninguna nación. Él es Rey en las iglesias clandestinas de China, en Nigeria, y en Estados Unidos, sin importar quién esté en el poder.
¿Deben los cristianos involucrarse en la política?
Los cristianos nunca deben poner su esperanza en la política, pero la esperanza en el cielo no es excusa para descuidar las responsabilidades en la tierra. Las Escrituras nos dicen que nuestra ciudadanía está en el cielo (Filipenses 3:20), y también nos mandan buscar el bienestar del lugar donde Dios nos ha puesto (Jeremías 29:7), orar por las autoridades (1 Timoteo 2:1-4), y practicar la justicia, amar la misericordia, y caminar humildemente con Dios (Miqueas 6:8).
¿Cuál es la diferencia entre la participación política y la idolatría política?
La idolatría política trata a un candidato como salvador, le perdona el pecado a un partido preferido, o deja que la lealtad política pese más que la fidelidad a las Escrituras. La respuesta no es la apatía, sino una lealtad bien ordenada: nuestra ciudadanía celestial moldea cómo ejercemos nuestra ciudadanía terrenal, en lugar de excusarnos de ella.
¿Hacia dónde deben ir los cristianos después de una elección decepcionante?
Empezar de rodillas, no en pánico ni amargura, sino en arrepentimiento, oración, y un compromiso renovado con Cristo. Luego levantarnos y servir: proclamar el evangelio, hacer discípulos, fortalecer a las familias, cuidar al vulnerable, defender la libertad religiosa, orar por los líderes, y mantenernos fieles sin importar quién gane o pierda.
JD

James Drake

Escritos pastorales del equipo de Christchurch Miami — una familia de fe en misión en Kendall, Miami.

Este artículo fue traducido y editado al español por el equipo de Christchurch Miami con ayuda de inteligencia artificial. El contenido original fue redactado por nuestro equipo pastoral. Si encuentras algo que se pueda mejorar, escríbenos.